A más de un siglo de la hazaña que conmovió al mundo, repasamos la proeza del marino chileno Luis Pardo Villalón, quien al mando del diminuto escampavía Yelcho desafió el invierno polar de 1916 para rescatar con vida a 22 náufragos británicos atrapados en la Isla Elefante.

En el invierno de 1916, el Atlántico Sur era una trampa de hielo y desesperación. La Expedición Imperial Transantártica del explorador británico Sir Ernest Shackleton yacía pulverizada por la naturaleza. Su barco, el Endurance, había sido aprisionado, triturado y finalmente sepultado por los témpanos en el mar de Weddell.

Tras meses de deriva sobre banquisas que se fragmentaban a su paso, Shackleton y sus hombres lograron tocar tierra en la desolada Isla Elefante. Con 22 marineros exhaustos refugiados bajo dos botes salvavidas volcados, sin provisiones y al borde de la congelación, el líder irlandés se embarcó en una travesía suicida de 1.300 kilómetros en un pequeño bote hasta las islas Georgias del Sur para buscar ayuda. Pero los intentos por regresar a rescatar a sus hombres tropezaron, una y otra vez, contra la muralla insuperable de los hielos invernales.

El mundo estaba en plena Primera Guerra Mundial. Gran Bretaña no disponía de buques de rescate en el cono sur, y tres intentos previos a bordo de embarcaciones contratadas habían fracasado. El tiempo se agotaba. En Isla Elefante, la ración diaria era la inanición. Fue entonces cuando las miradas se dirigieron a Punta Arenas y a la Armada de Chile.

"Si fallo y muero, usted tendrá que cuidar a mi Laura"

La misión recayó en un marinero de 34 años: el piloto 2° Luis Pardo Villalón. El desafío rayaba en la locura. La embarcación asignada, el escampavía Yelcho, era un modesto remolcador de vapor construido de acero monocasco, sin casco reforzado para el hielo, sin calefacción para la tripulación, sin radioteléfono y con carbón justo para el trayecto. En pleno agosto —el corazón del invierno antártico—, adentrarse en los canales australes y cruzar el mítico Paso Drake a bordo del Yelcho era, para los expertos navales de la época, una sentencia de muerte.

Consciente del peligro pero movido por un imperativo ético absoluto, Pardo dejó asentado su temple en una carta manuscrita dirigida a su padre antes de soltar amarras desde el muelle magallánico:

"La tarea es grande, pero nada me da miedo: soy chileno. Dos consideraciones me hacen hacer frente a estos peligros: salvar a los exploradores y dar gloria a Chile... Si fallo y muero, usted tendrá que cuidar a mi Laura y a mis hijos, quienes quedarán sin sostén ninguno a no ser por el suyo. Si tengo éxito, habré cumplido con mi deber humanitario como marino y como chileno. Cuando usted lea esta carta, o su hijo estará muerto o habrá llegado a Punta Arenas con los náufragos. No retornaré solo".

La incursión entre los témpanos y el milagro en Isla Elefante

El Yelcho zarpó desde Punta Arenas el 25 de agosto de 1916. Navegando a ciegas entre una densa niebla, rachas de viento huracanado y gigantescas masas de hielo flotante que amenazaban con desgarrar las finas planchas de hierro del remolcador, Pardo maniobró con una precisión quirúrgica que solo un conocedor profundo de las aguas australes podía ejecutar.

El 30 de agosto de 1916, a las 13:40 horas, la silueta del Yelcho emergió sorpresivamente de la bruma frente a la costa de Isla Elefante. En la playa, los 22 hombres de Shackleton, demacrados y debilitados tras cuatro meses de aislamiento extremo, no podían creer lo que veían sus ojos.

En una operación relámpago que tomó menos de dos horas para evitar que los témpanos cerraran el paso y atraparan a la nave chilena, la tripulación de Pardo embarcó a la totalidad de los náufragos, sus pertrechos y registros. No faltaba ninguno. Todos estaban vivos.

La llegada triunfal a Punta Arenas

El 3 de septiembre de 1916, el Yelcho ingresó al estrecho de Magallanes engalanado y tocando su sirena. La noticia se había expandido como reguero de pólvora y la ciudad de Punta Arenas se volcó masivamente al puerto para recibir a los héroes. Miles de magallánicos, autoridades y delegaciones extranjeras vitorearon en el muelle a la tripulación chilena y a los rescatados.

La hazaña catapultó a Luis Pardo Villalón a los periódicos de todo el planeta, ocupando más de 90 portadas en la prensa británica y recibiendo condecoraciones de gobiernos e instituciones marítimas internacionales. Sin embargo, cuando el Gobierno británico le ofreció una cuantiosa recompensa económica en libras esterlinas, el piloto chileno la rechazó de plano, declarando con altivez que él solo había cumplido con su deber como oficial de la Armada de Chile y que la patria no cobraba por salvar vidas humanas.

El rescate del Yelcho no solo quedó registrado como uno de los hitos más deslumbrantes de la historia de los salvamentos marítimos mundiales, sino que consagró el primer gran acto de presencia soberana y de capacidad operativa del Estado de Chile en las heladas latitudes de la Antártica.