El Festival Folclórico en la Patagonia no es un evento cualquiera. Es una fiesta construida a pulso durante décadas, cimentada sobre el respeto a la música, a las tradiciones y a una comunidad magallánica que abre sus brazos con una calidez única. Sin embargo, la noche de cierre nos dejó un trago amargo. No por la brillante participación de talentos como Patricio González y Los Navegantes, ni por el calor humano que desparramaron el sábado artistas como Maggie Cullen o Nahuel Pennisi, sino por el vergonzoso espectáculo de arrogancia que vinieron a dar Álvaro Henríquez y Los Pettinellis.
Resulta insólito —por no decir impresentable— que artistas que reciben pagos millonarios por subir a un escenario decidan actuar con semejante desdén. Negarse a dar una conferencia de prensa decente para salir del paso en menos de un minuto ya era un aviso. Pero rechazar abiertamente los máximos galardones del certamen, el Ñandú y el Ovejero, es derechamente una falta de respeto, triste e impensada. Una bofetada sin manos a la organización, a los medios locales y, sobre todo, al público.
Henríquez encarnó a la perfección esa caricatura del nortino soberbio y maleducado. Esa "estrella" en decadencia que parece creer que venir a Magallanes es hacerle un favor a la región, y que por lo mismo se siente con el derecho de mirar a todos por encima del hombro.
Por si fuera poco, prefirió transformar el escenario en una trinchera para pasar avisos y ganadas de ideología barata, mezclando la cultura con la contingencia política en un certamen cuyo espíritu siempre ha sido unir a la comunidad a través del arte. Se le olvidó a Henríquez —o tal vez nunca le importó— que la gente no pagó una entrada ni sintonizó la pantalla para escuchar sus sermones, sino para disfrutar de la música.
El contraste no pudo ser más evidente... Mientras agrupaciones como Colivoro, Agüero, Manquemilla y Los de la Isla defendieron la esencia de la competencia y valoraron la ventana que este certamen abre a los creadores de la Patagonia, Los Pettinellis dejaron una presentación a medio gas, fría y con sabor a nada.
No debiera haber ningún peso más para el ninguneo. El Festival de la Patagonia no necesita "estrellas" apagadas que vengan a ningunear nuestra historia. La organización tiene que tomar nota de este lamentable episodio. Cuestiones como estas no deben volver a pasar, ni debemos tener invitados como estos nunca más.
No se puede seguir financiando con recursos públicos la desfachatez de quienes se olvidaron de la educación básica, del respeto a la prensa y del cariño hacia el público.
Ojalá este sea el punto de inflexión para que el municipio y la producción cuiden la esencia del certamen y no vuelvan a ponerle un cheque en blanco a quienes vienen a Magallanes a escupir en la casa que los acoge.
La Patagonia se respeta.
