El 21 de septiembre de 1949, el rastreador de la Armada Argentina ARA Fournier soltó amarras en el puerto de Río Gallegos con destino a Ushuaia. Al mando del capitán de corbeta Carlos Negri, la nave llevaba a bordo a 77 personas (75 marinos y dos civiles). Para acortar distancia y resguardarse del violento temporal que azotaba la zona austral, el comandante tomó la decisión de adentrarse en los canales del Estrecho de Magallanes, en jurisdicción chilena.
Aquella madrugada del 22 de septiembre de 1949, el mar congelado de la Patagonia se tragó por completo al buque. Sin sobrevivientes y sin una sola señal de auxilio transmitida por radio, el episodio se transformó en la mayor tragedia de la aviación y marina de guerra argentina en tiempos de paz durante el siglo XX.
Antecedentes: un buque fuera de su elemento
El ARA Fournier no era un buque preparado para enfrentar los embates del mar abierto en el extremo sur. Botado en los astilleros Sánchez de Tigre en 1939, correspondía a la clase Bouchard: rastreadores-minadores diseñados originalmente bajo planos alemanes para tareas de patrullaje costero y maniobras en aguas de poco calado.

A pesar de sus limitaciones técnicas de estabilidad —agravadas por modificaciones e instalación de artillería pesada sobre cubierta—, la nave fue destinada a la patrulla austral en Ushuaia. Entre sus funciones habituales figuraban el reparto de correo a estancias aisladas, el aprovisionamiento de víveres y el apoyo balístico en zonas de difícil acceso.
Al ingresar al paso de la boca occidental del Estrecho de Magallanes, las condiciones meteorológicas empeoraron drásticamente, registrándose rachas de viento destructivas y oleajes violentos. El Fournier debía enviar su reporte radiotelegráfico de posición al mediodía del 22 de septiembre, pero el mensaje nunca llegó.
En un inicio, los mandos navales atribuyeron el silencio a fallas en los equipos de transmisión o a la compleja geografía de los canales. Pasaron días antes de que la alarma general se encendiera y se organizara un operativo de búsqueda y rescate en conjunto entre la Armada Argentina y la Armada de Chile.
El 3 de octubre, un avión de exploración avistó una mancha de combustible y restos flotantes en las cercanías de punta Cono y el canal San Gabriel. La confirmación del naufragio conmocionó a ambos países.
El hallazgo y la prueba de los relojes
A lo largo de las semanas posteriores, patrullas chileno-argentinas y pobladores locales lograron recuperar únicamente nueve cuerpos. A unos 20 metros de la orilla en bahía Catalina, las naves de rescate encontraron una balsa salvavidas volcada con cinco tripulantes fallecidos por hipotermia, entre ellos el propio comandante Carlos Negri.
Un detalle estremecedor unificó las pericias: los relojes de pulsera de los marinos recuperados se habían detenido de manera simultánea entre las 4:20 y las 4:25 de la madrugada del 22 de septiembre.
Ese dato permitió reconstruir la hipótesis principal del desastre: golpeado por una marea embravecida o impactado contra un bajo fondo no cartografiado, el Fournier sufrió una vuelta de campana (encallamiento o zozobra repentina). El buque se dio vuelta y se hundió en cuestión de minutos, impidiendo que la tripulación lograra emitir un código de socorro o arrojar los botes al agua de forma ordenada.
El impacto político e histórico
El naufragio del Fournier tuvo un profundo impacto en la sociedad trasandina:
Duelo Nacional: El presidente Juan Domingo Perón decretó tres días de duelo nacional, y una multitud recibió en el puerto de Buenos Aires a la fragata ARA Heroína, que trasladó los restos de los nueve marinos encontrados.
Cooperación Binacional: El evento destacó la colaboración humanitaria y logística entre las fuerzas navales de Chile y Argentina en la zona austral para las labores de búsqueda en una época de marcadas tensiones fronterizas.
Homenaje y Memoria: Hasta la fecha, las aguas del Estrecho de Magallanes guardan el casco del rastreador y los restos de 68 de sus tripulantes. En Ushuaia y en las bases navales argentinas, cada 22 de septiembre se rinde homenaje a los 77 hombres que perdieron la vida en cumplimiento del servicio en los canales del fin del mundo.
