Los sondeos en Argentina proyectan una derrota de Milei en la próxima elección presidencial. Como una forma de subir en las encuestas nuevamente se apela al nacionalismo en la soberanía, así las Malvinas y el Estrecho de Magallanes vuelven a ser tema se discusión. Como buen aliado, el Gobierno de Chile ha optado por un tono bajo para no escalar la tensión con un gobierno ideológicamente afín, mientras en la extrema derecha piden dureza y aumentar la superioridad militar. Claro que se necesita salida diplomática y garantizar la soberanía, pero de ahí a escalar a una opción armada es demencial. Sin embargo, la polémica por el uso y control del Estrecho de Magallanes volvió a poner sobre la mesa algo que no nos conviene olvidar: Chile tiene tramos de límite que aún no están demarcados en terreno y vastos espacios bajo soberanía chilena con presencia estatal muy débil. También conviene recordar que no es sólo un asunto de límites, es, sobre todo, un problema de presencia del Estado.
El general Augusto Pinochet popularizó en círculos militares y académicos el concepto de fronteras interiores, para aquellos espacios bajo soberanía chilena y escasa integración al Estado, con malas conexiones y una ciudadanía (de existir) que se siente postergada. La idea tiene un trasfondo geopolítico claro en donde la soberanía no es sólo un título jurídico sino presencia real del Estado. Esa definición calza como anillo al dedo con buena parte de Magallanes (región extrema y aislada) y con dos territorios críticos: el Campo de Hielo Sur y el Territorio Chileno Antártico. En el primero, queda un sector del límite que aún no está plenamente demarcado en terreno, en un área de glaciares, montañas y ausencia casi total de infraestructura estatal. En la Antártica, el Tratado de 1959 congela las reclamaciones de soberanía y transforma la ciencia en el principal instrumento de presencia y de voz en las decisiones.
Durante décadas, la respuesta chilena ha sido intentar integrar estos territorios con infraestructura física y subsidios. La Carretera Austral, el camino a Yendegaia, las subvenciones al transporte marítimo y aéreo son ejemplos de ese esfuerzo. Han servido, sin duda, para reducir costos y mejorar la conectividad de algunas localidades, pero el ritmo ha sido lento y los resultados, insuficientes. La prueba está en que, incluso hoy, buena parte de la región sigue dependiendo de pasos por Argentina para moverse dentro de Chile, y en que la idea de una conectividad “Chile por Chile” resurge una y otra vez como promesa incumplida. La Fundación Prisma Austral reflotó hace poco esa idea, recordando que el aislamiento no es sólo un dato geográfico, sino una opción política. Mientras se discuten nuevos trazados y subsidios, el tiempo pasa y la presencia efectiva del Estado en zonas críticas no avanza al mismo ritmo que las necesidades. No se trata de descartar la infraestructura vial o marítima, muy por el contrario, se trata de reconocer que, por sí sola, no basta para asegurar la soberanía en territorios extremos.
Hay además una razón de fondo que a menudo se omite. En muchos de estos territorios, por acuerdos, las armas no pueden ingresar. Ahí es donde la soberanía del conocimiento permite acceder donde las armas no llegan. Entiendo por soberanía del conocimiento el uso sistemático de la generación de datos, investigación y publicaciones como instrumento de presencia y autoridad del Estado en territorios extremos. Un glaciar no se ocupa con cuarteles, se ocupa con estaciones de medición, con investigadores que lo recorren, con datos que se generan y se resguardan bajo bandera chilena. La ciencia y el conocimiento son instrumentos claves para fortalecer la presencia y la soberanía efectiva de Chile, transformando un espacio “vacío de Estado” en un laboratorio de soberanía científica, donde los datos, las publicaciones y los libros (bonitos en la biblioteca) ejercen la autoridad de Chile. Aquí es donde la soberanía del conocimiento deja de ser un concepto abstracto para volverse una política pública concreta. No se trata sólo que universidades chilenas publiquen artículos sobre glaciares, colonización vegetal o fauna., es más bien que el Estado use sistemáticamente la generación de conocimiento y datos como herramienta de presencia territorial. Quien mide, cartografía, catastra, monitorea y describe un territorio, ejerce autoridad sobre él, aunque no haya un cuartel militar en el área.
En el Campo de Hielo Sur, esto significa campañas científicas regulares de universidades nacionales, no sólo esporádicas ni dependientes de cooperación extranjera, ojalá con estaciones científicas permanentes. En la Antártica, el vínculo es aún más directo. El propio Tratado Antártico premia la actividad científica sostenida y Chile en democracia dio un salto cuantitativo al reformular Inach (con un director magallánico), con más investigadores chilenos en temas antárticos, más tesis, más publicaciones, todo articulado desde Magallanes como base y puerta de entrada. En ambos casos el conocimiento generado es insumo para cualquier futura negociación de límites y para la gestión ambiental de una zona crítica.
La novedad está en cambiar el enfoque. Frente a quienes reducen la ciencia como un gasto en I+D (o libros en biblioteca) que compite con la generación de empleos, carreteras o hospitales, hay que verla como soberanía en territorios donde otras formas de Estado son inviables. No se trata de llenar el Campo de Hielo de poblados ni la Antártica de ciudades, pero si podemos llenarlos de publicaciones, de equipos y personas chilenas que trabajen allí de manera periódica. Para ello, Chile requiere una decisión política clara. El Estado debe crear un Programa Nacional de Soberanía Científica en Fronteras Interiores, con financiamiento estable, coordinado entre el Ministerio de Relaciones Exteriores, Defensa, Ciencia y el Gobierno Regional de Magallanes. El programa debería tener al menos tres ejes: infraestructura de bases y equipamiento, formación de capital humano especializado y gestión de datos como activo estratégico nacional.
La soberanía del conocimiento es una forma de responder, con herramientas del siglo XXI, a un problema antiguo: cómo hacer que Chile esté presente donde el territorio es inhóspito y la política tradicional no llega. Este enfoque no reemplaza la infraestructura vial, los subsidios al transporte ni la diplomacia, muy por el contrario, los complementa con presencia que se construye midiendo, estudiando y entendiendo nuestro territorio. Son fronteras que se defienden no con armas sino con conocimiento. Al final, cuando alguien revise los datos, las publicaciones y los libros va a ver y citar la presencia de Chile. Eso, más que cualquier declaración, definirá la frontera real.
Por Juan Marcos Henríquez, columnista.
