Cuando vi las imágenes de un Kast molesto retando a un niño que no quiso saludarlo lo primero que pensé fue "¿qué le pasa a este tipo?". La escena era violenta y fuera de lugar, aunque haya recibido provocaciones o abucheos. Fue como ver a David contra Goliat, pero un David completamente indefenso sin su honda en la mano. Probablemente fue una reacción visceral, el presidente que siempre se muestra tranquilo dejó caer la máscara y mostró su verdadera cara. Mi indignación se transformó rápidamente en preocupación al ver al niño indefenso con un silencio incómodo, mientras el presidente lo sermoneaba, juzgaba a su mamá y le daba consejos que nadie le pidió. Pero, con algo de ironía, ese silencio del niño terminó siendo la mejor respuesta. En política hay un dicho que dice "nunca discutas con alguien que no tiene argumentos", y al final fue el niño quien le dió una lección de madurez al presidente. Con sólo quedarse callado, mostró que el poder de la República le quedó grande a alguien que no sabe controlar sus impulsos. Así, una vez más, en nombre del “orden” se vulnera la libertad. Eso es autoritarismo.

La reacción de Kast también dejó ver un quiebre grave en la forma de ejercer el cargo y el control de las emociones. Un presidente debe mantener la calma frente a la crítica, abucheo o la indiferencia de la gente, porque generalmente es parte del trabajo. Al sobre reaccionar frente a un niño de diez años, Kast se olvidó de su envestidura y actuó como si fuera uno de los “bots” de campaña respondiendo en las redes sociales, donde hay que ganar, aplastar al otro y tener la última palabra. Kast bajó la autoridad presidencial al nivel de una pelea de patio de colegio, y dejó que un impulso personal le quitara protagonismo a un hito de su propia gestión (entregaba títulos de dominio y nadie se enteró).

Esa pérdida de control derivó rápido hacia algo más grave, un abuso de poder y una actitud de prepotencia. En este caso, el presidente Kast ostentaba el peso del Estado, es adulto y tenía la prensa cerca, y lo usó para acorralar a un niño que no tenía cómo defenderse. La prepotencia también se notó al exigir el saludo como si fuera obligatorio. El presidente intentó condicionar la entrega de un beneficio social (los títulos de dominio) a un gesto de agradecimiento o sumisión, convirtiendo un derecho del Estado en un favor personal, usando su cargo como una forma de presión.

Para justificar esto, el presidente quiso hacerse pasar por una especie de educador o tutor del niño, y ahí quedó al descubierto una contradicción con sus propias ideas. Su sector político siempre ha defendido frases como "con mis hijos no te metas", es decir, que los padres son quienes deben educar a sus hijos, sin que el Estado se meta. Pero al decirle en público al niño "que su mamá no lo use" y sugerirle que no le hiciera caso a su propia madre, el presidente contradijo la ideología que dice defender. Mostró que respeta la autonomía de las familias solo cuando le conviene o piensan como él, y que está dispuesto a meterse en la crianza y educación del niño si la madre piensa distinto.

Con la excusa de denunciar una supuesta manipulación de la familia, el presidente hizo exactamente lo mismo que decía criticar: usar a un niño en medio de una pelea política. Al alargar el conflicto frente a las cámaras, el niño dejó de ser alguien a quien proteger y pasó a ser una herramienta para hablarle a la mujer. Lo que vimos no fue la defensa de un niño, sino el uso de un niño en televisión para no perder una discusión.

Por último, a fin de cuentas, la forma en que nos paramos frente a la autoridad o la vida depende de las formas con que fuimos criados y lo que fuimos aprendiendo en el camino. A mí, por ejemplo, mi mamá me enseñó que a nadie se le niega el saludo; pero esa es mi realidad, por ello también me enseñó que en otras familias la educación puede dictar reglas muy distintas. Habrá quienes consideren que saludar a alguien con quien no simpatizas es un acto de cinismo, y que nadie está obligado a simular un afecto que no siente. Si el dilema es ético y crees que tienes al frente una mala persona, siempre queda opciones; por ejemplo, como Bielsa, salúdalo con educación, pero agárrate un “coco” con la otra mano. Sin embargo, hay visiones mucho más complejas donde todo depende del contexto; ahí es donde entra la dura experiencia de personas, como mi amigo Baldovino Gómez, quienes te dirán que, por la pura investidura del cargo institucional, a veces hay que tragarse la rabia o pena y aceptar que te salude tu propio torturador. Que el presidente no sea capaz de entender esta inmensa diversidad de realidades, dolores y contextos, y que pretenda estandarizar el respeto a través de la sumisión obligatoria, sólo demuestra una alarmante falta de calle y una profunda desconexión con el Chile real.