El debate surgido en los últimos días en torno a la transmisión de los 30 años del Carnaval de Invierno en Punta Arenas ha dejado en evidencia que, a veces, los intereses particulares y los egos políticos pesan más que el espectáculo mismo. Entre comunicados públicos, amurramientos disfrazados de "defensa comunitaria" y decisiones municipales cuestionables, vale la pena separar la paja del trigo y analizar qué es lo realmente criticable en este escenario.
Primero, es necesario desmentir el relato victimista que se ha intentado instalar: nunca existió una prohibición de transmitir para ningún canal local. La realidad es mucho más pragmática. Lo que la Municipalidad cortó de raíz fue la caótica instalación de escenarios y estructuras individuales a lo largo de la costanera por parte de los medios. Esos montajes, lejos de aportar, terminaban retrasando, desordenando e interrumpiendo el flujo del corso.
Ordenar el espacio público y unificar una señal limpia para que cualquiera la use, dejando la posibilidad de que los medios tengan imágenes y transmisión propia, no es censura; es un intento mínimo de profesionalizar un evento masivo.
Por lo mismo, el argumento nostálgico de que la televisión abierta tradicional está siendo "excluida" y que se está dejando desamparados a nuestros adultos mayores por hablar de plataformas digitales, suena derechamente a una excusa prehistórica. Sorprenderse hoy en día por el uso de redes sociales, enlaces de YouTube o señales digitales para masificar un evento es derechamente quedarse pegado en el pasado.
Seguir con ese "lloriqueo" a estas alturas resulta vergonzoso. Parece más bien un intento de frenar el avance de los nuevos medios y formatos por conveniencias propias, motivado por el temor latente de perder liderazgos de audiencia que ya caducaron. La tecnología avanza, y pretender que el Carnaval se gestione con las lógicas del siglo pasado es inviable.
En ese sentido, la pataleta pública de ITV Patagonia al restarse de la transmisión, intentando maquillar su amurramiento bajo el concepto de "dignidad regional", no resiste mayor análisis. La decisión de un solo medio de no transmitir responde, en el fondo, a lo que en Magallanes todos saben pero pocos dicen en voz alta... Una pelea descarnada y de larga data entre el alcalde Claudio Radonich y el dueño del canal, Lorenzo Marusic. Una disputa de egos personales que a la comunidad en general ni le importa ni le beneficia.
Sin embargo, que la pataleta de un canal sea injustificada no exime a la gestión municipal de su verdadero y gran error en esta pasada. Si el objetivo era profesionalizar la transmisión oficial, el camino jamás debió ser el centralismo ni el contrato directo sin que nadie sepa sino hasta cuatro días antes del Carnaval.
Lo verdaderamente criticable y condenable es la decisión de traer equipos y productoras desde Santiago, profesionales que no viven el día a día en Magallanes, que pasan todo el año desconectados de la realidad local y que no conocen en absoluto la esencia, el mística ni el frío de nuestro Carnaval de Invierno. Al mismo tiempo, sin tomar en cuenta las capacidades regionales (que las hay y de muy buena factura).
Venir desde la capital a imponer sistemas, formatos y pautas empaquetadas, pasando por alto a realizadores, técnicos y comunicadores locales que acumulan 30 años de experiencia real en transmisiones magallánicas, es una falta de respeto al patrimonio humano, técnico y comunicacional de la región. Se puede y se debe tecnificar el Carnaval, pero la identidad del evento no se puede importar en un vuelo Latam.
En todo caso, lo que se intentó hacer para dar mayor continuidad a la fiesta invernal, por el momento ha quedado al debe. La obsolescencia del escenario donde hay más invitados y autoridades que jurados, es sencillamente poco eficiente, y demora un show que cada vez cansa más en su espera al público en general. La urgente necesidad de un circuito más conveniente, sin paras y demoras, con evaluaciones distintas y menos empaquetadas dará mayor rapidez y realce al evento.
Al final del día, la fiesta es de la gente de Magallanes, un detalle que tanto a los que se amurran en la tele como a los que miran desde Santiago parecen haber olvidado.