Corría 1978 y yo era apenas un niño, pero el aire pesado de esos días se me quedó grabado a fuego: Chile y Argentina estaban a un paso de la guerra. En aquel tiempo vivíamos con mi familia en una estancia cerca de Cerro Guido, en el lote 38, a más de 100 kilómetros de Puerto Natales y a solo un kilómetro de la frontera. Teníamos el río Vizcachas ahí mismo y un mástil enorme donde esa bandera chilena nunca dejó de flamear, como un símbolo de firmeza en el último rincón del mundo.

Cuando bajábamos al pueblo, el ambiente era sobrecogedor. Puerto Natales, por su proximidad a la frontera —a apenas 15 kilómetros—, era una zona extremadamente vulnerable y un objetivo estratégico para cualquier intento de dividir el territorio hacia Punta Arenas. Según ha documentado el historiador Francisco Sánchez Urra, los preparativos fueron drásticos: se sembraron campos minados en diversos sectores fronterizos y se establecieron posiciones defensivas clave en Paso San José, Dorotea y Casas Viejas, puntos donde un avance adversario era una amenaza evidente.

La tensión no solo se sentía en los regimientos, sino que golpeaba directamente el corazón de las familias. La crisis provocó el despido masivo y la expulsión de mineros chilenos que trabajaban en el yacimiento de carbón de Río Turbio, en Argentina. Este evento rompió la circulación histórica de trabajadores y generó una fractura social profunda. Uno de los afectados fue mi tío, quien trabajaba allí como mecánico y, como tantos otros, se vio forzado a dejar su vida de años de un momento a otro.

Ese diciembre de 1978, especialmente, tanto civiles como militares vivían en máxima alerta. El movimiento era frenético; la fisonomía de las estancias cambió por completo cuando se empezaron a excavar trincheras en medio del campo, transformando el paisaje cotidiano en un escenario de combate inminente. Los reservistas se movilizaban hacia la frontera y el valor era el sentimiento común.

En los viajes al pueblo veíamos tropas marchar y jeeps camuflados con matas negras. A pesar de que racionábamos los víveres y tapábamos las ventanas con frazadas para cumplir con el oscurecimiento, mis viejos siempre tenían un gesto de humanidad: les llevaban pan con mortadela a los soldados que esperaban en esas trincheras cavadas en nuestra propia tierra.

Fue una época de una intensidad increíble que solo quienes estuvimos ahí dimensionamos. Es una historia que ha quedado plasmada en la memoria colectiva a través de producciones y reportajes históricos, entre ellos el recordado programa de televisión Informe Especial y su capítulo titulado "El año que vivimos en peligro", donde salieron a la luz los testimonios directos de varios vecinos natalinos que fueron verdaderos protagonistas de esos hechos.

Asimismo, este clima de primera línea —vivido entre el silencio de la estancia, el rugido latente de la guerra y la tensa espera que finalmente encontró alivio con la intervención de la diplomacia y la mediación del Papa Juan Pablo II en ese mismo diciembre— quedó plasmado en obras como la película Fingere, de Alejandro Ferrer, la cual narra una entrañable anécdota de aquel tiempo.