Sabemos que allá afuera existe, más bien late, cierta inocencia conceptual, una idea naíf de cómo podrían ser las cosas. Es como aquel pibe que reclama en Instagram que se acabe la explotación de los combustibles fósiles y las represas, sin detenerse demasiado a pensar en cómo se movería el mundo o cómo él mismo podría estar escribiendo en su celular sin el sostén del polo energético.
Este tipo de inocencia viene teniendo una influencia no menor en las políticas públicas de países como Francia y Alemania, y posteriormente en los propios Estados Unidos. Alemania, por ejemplo, que ahora se arrepiente de haber abandonado su programa nuclear y comienza a recuperar terreno.
Son formas infantiles de observar una realidad que parece construirse sola. Pero no es cierto: la realidad es efectivamente una construcción humana. Incluso cuando un terremoto azota a un país, las consecuencias de esos movimientos desenfrenados sobre las urbes tienen directa relación con cómo fueron construidos los espacios para vivir. Incluso ahí está presente el sesgo humano.
Hay sectores enteros de la sociedad que prefieren obviar de dónde les llega la comida y, como alguien dijo hace unos días —creo que fue el historiador Yuval Noah Harari—, son muchos los que imaginan que la comida que les venden en los supermercados tiene un origen salvaje.
El 51 % del alimento del mar es producido en condiciones de control, es decir, granjas en el mar, ríos y embalses; el otro 49 % es pesca. En el caso de los animales terrestres, el 99 % es producido en granja y el 1 % es de origen salvaje.
La historia es definitoria en este sentido. Las economías exportadoras con plataformas comerciales amplias han sido ganadoras en el esquema capitalista que vivimos. ¿Habrá otros en el futuro? No lo sabemos: es el que tenemos y regulamos.
Chile, Perú y la Argentina exportarán más de USD 100.000 millones cada una en 2026. En conjunto se estima que alcanzarán los USD 300.000 millones. Brasil toca los USD 350.000 millones.
Para que esto resulte, todas estas economías debieron apelar a sus recursos naturales utilizando como intermediarios a modernas tecnologías. Mismas que se han ido perfeccionando con el tiempo.
Chile dio el salto hacia los USD 100.000 millones gracias a la dinámica de la salmonicultura y la actividad frutícola. El país llegó a venderle cerezas por más de USD 3.000 millones a China. En cuanto a sus salmones, hoy exporta por USD 6.500 millones al año. Solo entre fruta y salmones se exportan cerca de USD 15.000 millones anuales.
Justamente ambas actividades fueron especialmente denunciadas por presunto trabajo forzoso por dos ONG que fueron a Estados Unidos, y una de ellas llegó a pedir castigos arancelarios para su propio país. ONG que a su vez tienen contactos con organismos en Estados Unidos y Noruega, y Noruega es el principal productor de salmón en el mundo. El segundo es Chile.
Son las ONG las que convirtieron en bandera un discurso ecologista tan severo como fantasioso. Soy plenamente consciente de que en general jamás hablan con los trabajadores, porque estos se paran sobre la realidad más acuciante: trabajar, cuidar a sus familiares, alimentarse, poseer un techo.
Un discurso poco atractivo para las ONG más concentradas en volcar presuntos gigantes del mal.
La inocencia les valga a quienes creen que superar la pobreza solo es factible generando más pobreza.
En el mundo ideal, aquel retratado por James Cameron en su película Avatar, las personas —pocas, muy pocas— viven de la recolección y, en la medida de lo que pueden, no matan. Son cuasi vegetarianos. Bueno, en un mundo de 8.300 millones de habitantes resulta improbable tal estilo de vida.
Los propios ecologistas suelen utilizar ropas de alta tecnología que comercializan empresas que también levantan una bandera bien verde dentro de sus aparatos de marketing.
No obstante, desarrollar iniciativas económicas en entornos naturales es un verdadero desafío que funciona dentro de lo real. El impacto se condice con el esfuerzo tecnológico y tiene una relación directa con el trabajo. Categóricamente, lo más recomendable es cuidar el entorno que nos alimenta, y la industria lo sabe bien.
Esta no es una discusión entre el bien y el mal, entre héroes y monstruos, como quieren hacernos creer muchas organizaciones. Es una cuestión de vivir mejor, de ser mejores, de crecer y disfrutar, y eso incluye comer mejor, por ejemplo.
Tan sencillo y tan complejo como eso.
