En una reciente entrevista, la delegada presidencial Ericka Farías lanzó una frase que llama la atención, y al mismo tiempo preocupa... Sostiene que Magallanes "no debe entenderse como una región extrema, sino como una región estratégica". Detrás de lo que parece un simple juego de palabras, se esconde un histórico error conceptual. Intentar dejar atrás la condición de "extrema" no solo es un tropiezo teórico, si no que pareciera más una bajada de línea centralista que amenaza directamente el diseño de las políticas públicas y los beneficios que tanto ha costado defender en el extremo austral.

Hay frases que delatan una forma de pensar, y hay discursos que, bajo el barniz de la modernidad y el desarrollo geopolítico, terminan comprándose por completo la lógica de Santiago. Las declaraciones de la delegada presidencial regional, Ericka Farías, afirmando que "nuestra mirada es que Magallanes no debe entenderse como una región extrema, sino como una región estratégica", caen precisamente en esa categoría.

¿Por qué plantearlo como una contradicción excluyente? Magallanes es, sin lugar a dudas, una región profundamente estratégica por su proyección antártica, sus recursos y el desarrollo industrial que se proyecta. Pero, sobre todo, e inapelablemente, es una región extrema. Borrar ese concepto de la mesa no es un avance, si no que es un retroceso histórico imperdonable.

Lo extremo no es un slogan, es nuestra realidad

Intentar dejar atrás la condición de "zona extrema" para la toma de decisiones demuestra un profundo desconocimiento de cómo se vive el día a día a miles de kilómetros del poder central.

Partiendo por el factor geográfico y climático. Ser extremos no es una etiqueta opcional, está determinado por nuestro clima implacable, el aislamiento geográfico, la lejanía sideral con los centros de distribución del país y las profundas diferencias estructurales que nos separan del resto de las regiones.

Asimismo, cuando el nivel central (impregnado por esa lógica santiaguina que a algunas autoridades locales les acomoda inexplicablemente) decide que una región ya no es "extrema", lo primero que se pone en riesgo son las herramientas de compensación territorial. El subsidio al gas, las asignaciones por zona, las leyes de excepción y los incentivos a la inversión especial existen precisamente porque producir, construir y vivir aquí cuesta el doble que en el norte.

Tratar de meter a Magallanes en el saco de una normalidad "estratégica" abre la puerta para que la burocracia de los ministerios en Santiago comience a medirnos con la misma vara con la que miden a Rancagua o a Valparaíso. Y ese es un error que la región ya ha pagado caro en el pasado.

El relato de que "cambió la mano": Percepción vs. Campaña

En la misma entrevista, la delegada Farías se explaya en los supuestos éxitos de su gestión, repitiendo una y otra vez la bajada oficialista de que en materia de seguridad "la mano cambió" y que se ha implementado una "gestión de shock". Un libreto que suena bien en el papel y que alimenta las minutas de la jefatura central, pero que choca de frente con la realidad local.

La afirmación de que la delincuencia se frenó en seco o que el orden se restableció por arte de magia no resiste un análisis riguroso en las calles de Punta Arenas o Puerto Natales. Más allá de ver un poco más de despliegue en controles de Carabineros en puntos específicos, la sensación de inseguridad de los vecinos se mantiene intacta.

La verdad es que, despojando al debate de la pirotecnia comunicacional, las cifras reales de criminalidad en la zona tal vez nunca han sido ni más ni menos de lo que estructuralmente son ahora. Lo que cambió no fue la realidad delictual en el territorio, sino el discurso de campaña que se usó para llegar al poder y que hoy se intenta transformar, a la fuerza, en una realidad administrativa que la ciudadanía simplemente no percibe.


Equipo Redacción Zonazero