La madrugada del 18 de mayo de 1982, el conflicto del Atlántico Sur dejó de ser una guerra lejana para los habitantes de Magallanes. Mientras el discurso oficial mantenía a Chile en un rol de estricta neutralidad, los restos en llamas de un helicóptero británico en el sector de Agua Fresca, unos 30 kilómetros al sur de Punta Arenas, dejaron al descubierto un engranaje secreto entre el régimen de Augusto Pinochet y el gobierno de Margaret Thatcher.
Detrás del siniestro de la aeronave Sea King HC-4 (matrícula ZA290) no había un simple vuelo de rutina estropeado por el clima, sino una de las operaciones de comandos más arriesgadas y encubiertas del conflicto: la Operación Plum Duff.
La misión: Sabotear los Exocet en Río Grande
A mediados de mayo de 1982, la Armada Argentina causaba estragos en la flota británica mediante sus misiles aire-superficie Exocet AM39, lanzados desde los aviones Super Étendard apostados en la Base Aeronaval de Río Grande, en la Tierra del Fuego argentina.
Para frenar la amenaza, el alto mando británico diseñó una incursión de alto riesgo. El Sea King ZA290 despegó con tres tripulantes —los tenientes Richard Hutchings, Alan Bennett y Peter Imrie— y nueve comandos del Regimiento 22 del Special Air Service (SAS). ¿El objetivo? Infiltrarse en territorio argentino, establecer una radiobaliza para guiar aeronaves Hércules y destruir en tierra los misiles y los aviones de la armada argentina, además de eliminar a los pilotos.
La operación comenzó a desmoronarse en el aire. Luces extrañas y la posible alerta de radares argentinos forzaron a la tripulación a abortar el avance hacia Río Grande. Sin combustible suficiente para regresar a los buques en el Atlántico y bajo un clima adverso, la única opción fue virar al oeste y penetrar espacio aéreo chileno con rumbo a Punta Arenas.

Matorrales, fuego y una huida a pie
Cerca de Agua Fresca, la falta de visibilidad y el agotamiento de combustible obligaron a Hutchings a realizar un aterrizaje de emergencia. Tras tocar tierra, los comandos del SAS destruyeron parte del equipamiento sensible, los esfuerzos del piloto por hundir el Sea King fracasaron, por lo que decidió posarse en la playa. Poco después de las 9.30, la tripulación incendió el aparato y desapareció sin dejar rastros. El ruido de los rotores alertó a dos lugareños, Víctor Soto y Luis Arteaga, que fueron los primeros en descubrir los restos de la máquina y alertaron de inmediato a los carabineros. La noticia pronto se filtró a la prensa.

El "cuartel" del Hotel Cabo de Hornos
Al cabo de unas horas, la noticia sobre una aeronave destruida circuló rápidamente entre los vecinos de Punta Arenas. La respuesta de las autoridades fue enviar maquinaria pesada para intentar enterrar y cubrir los restos de la estructura antes de la llegada de curiosos y la prensa.
Sin embargo, el secreto a voces ya era imposible de contener. Mientras la versión oficial británica en Santiago declaraba un "aterrizaje forzoso por mal tiempo en país neutral durante labores de patrullaje", los tripulantes eran trasladados a la capital para ser enviados de regreso a Londres.
En Punta Arenas, la presencia diplomática y militar británica era evidente: el cuarto piso del Hotel Cabo de Hornos, en plena Plaza de Armas, funcionaba como un centro logístico e informativo para los agentes de inteligencia del Reino Unido, a lo que se sumaba el reabastecimiento puntual de aeronaves en el Aeropuerto Carlos Ibáñez del Campo.

La incómoda presencia de la tripulación británica en Chile generó mucha discusión entre las autoridades británicas y chilenas. Al final, todas las partes coincidieron en que sería mejor blanquear la situación a la opinión pública, llevar a cabo una conferencia de prensa y, luego, sacarlos del país abiertamente. Si se manejaba la situación con cuidado, ello alejaría cualquier hipótesis de que los chilenos estaban colaborando con las Fuerzas Armadas británicas al permitirles usar su espacio aéreo. También neutralizaría aquellos rumores de que la tripulación había sido maltratada cuando fue encontrada.

El pedazo de historia que volvió a Gran Bretaña
Con el paso de los años, trozos del Sea King ZA290 pasaron a convertirse en recuerdos privados de vecinos y autoridades locales de la época.
Una de las anécdotas más comentadas en la zona ocurrió décadas después, cuando un oficial que formó parte de aquella incursión regresó a Punta Arenas a bordo de un buque de la Royal Navy. Durante una reunión informal en la ciudad, un conocido residente local le mostró un fragmento conservado del fuselaje caído en 1982. Tras recordar el episodio entre historias y copas de whisky, el trozo del helicóptero fue entregado al marino británico, cerrando en silencio un capítulo de la historia bélica que quedó marcado para siempre en el suelo magallánico.