La primera vez que pisé Buenos Aires fue en el verano de 1988. Junto a mi tío Carlos Torres, que me acompañó y guió por la ciudad, nos alojamos en un viejo hotel de la calle Libertad y avenida Corrientes que ya no existe. Las habitaciones dobles eran enormes como casas, con techos altos y paredes frías. Pero el calor y la humedad arreciaban en febrero, así que todo aquello era un detalle.

La “calle” Corrientes imitaba a una peatonal. Saturada, divertida, bizarra. Venía yo de Puerto Natales, una entrañable aldea chilena enclavada en un paraíso extremo donde los mapas comenzaban a despedirse. Me crié entre el campo y calles de tierra, entre el andar a caballo con mi abuelo baqueano Antonio Torres y leer cuentos de Borges y poemas de Huidobro.

Buenos Aires tenía muy poco que ver con el lugar en el que había nacido. Pero Natales siempre estuvo más integrada al sur de Argentina que al propio Chile. Si mi pueblo representaba a cabalidad el silencio y los cielos azules en invierno, Buenos Aires era el caos y la vitalidad en llamas.

Mientras escribo estas líneas, descubro que lo hago como una suerte de carta al chico que fui. Ese pibe flaco, de pelo desordenado y soñador que llegó hasta el Río de la Plata con algunas ideas borroneadas en un papel.

Aunque no creo en la reencarnación, entiendo que la vida está signada por hechos, por marcas, por palabras. Desde allí, con eso, construimos o vamos siendo.

Mi querido tío Carlos había nacido en Chile y también había cruzado la frontera en su adolescencia. Él le impuso a mi madre mi padrino de nacimiento allá por 1970: Ángel Renato Nestiero Maré. Por entonces, este escritor, actor y dramaturgo vivía en Río Turbio, donde desarrolló una intensa actividad al punto que hoy el Centro Cultural de la localidad carbonífera lleva su nombre. En Buenos Aires, Renato formó parte de la Junta de Estudios Históricos de Almagro, mi barrio favorito en la ciudad.

Le dejó a mi madre, Nino, numerosos libros con obras de teatro de autores argentinos. Tenía sentido porque mi padre amaba leer. Fue su principal legado hacia mi persona: los libros. Cuando chico, leía uno pequeño como la palma de una mano con relatos de Horacio Quiroga y, en especial, me gustaba uno donde un aventurero llega a Buenos Aires a lomo de una tortuga gigante. Leía y pronunciaba en susurros “Buenos Aires” acostado en mi cama del sur.

Muchas cosas se me escapan desde entonces. Transcurrieron casi 40 años y con ellos la vida misma. Conocí gente única y especial, intensa y divertida, amable y sincera. Mis hermosos hijos e hijas argentinos forman parte de ese mundo privilegiado donde los sentimientos, entre ellos el amor y la compasión, todavía tienen un papel que cumplir.

Entonces, como hoy mismo, la Argentina atravesaba una crisis económica y aunque el país bajó sus estándares de confort, permanece su cultura, su impronta. Eso la salva.

Como inmigrante pensé en todo esto ayer cuando la Argentina derrotó a Inglaterra, un cotejo cargado por la guerra de Malvinas, por las Malvinas en sí, por las históricas invasiones inglesas repelidas a base de coraje y aceite a principios del siglo XIX, y por el triunfo tan singular de 1986 donde Diego Maradona hizo acaso el mejor gol de la historia.

Desde su fundación, la Argentina ha sido el territorio de los exiliados, de los buscadores de oro, plata y aventuras, de los artistas, de los locos y algunos criminales, emulando el título de un famoso libro de Osvaldo Soriano.

Mientras estudiaba en los 80, al volver desde el centro de Buenos Aires al Gran Buenos Aires, en Lanús, generalmente por la noche, un argentino descendiente de españoles me guardaba el pan calentito aunque ya hubiera cerrado la atención al público, y la pareja de almaceneros de la esquina me había ofrecido desde los primeros días en el barrio, sin que se los pidiera, “anotarme en el cuaderno” lo que necesitara si no tenía dinero. Ambos eran italianos y no habían perdido el acento.

La casa en la que viví casi 10 años estaba enfrente de la cancha de Lanús, entonces en la Primera B, metida en el centro de una manzana y había sido utilizada como refugio para opositores de la dictadura militar. En las peatonales del microcentro, en las veredas de las calles que cruzan las avenidas principales, inmigrantes peruanos, paraguayos y bolivianos hacían tiempo o descansaban de la faena charlando, compartiendo una botella de cerveza. En Boedo podías tomarte un café en bares que atendían casi exclusivamente a coreanos. Pompeya, por ejemplo, era un hervidero también, pero compuesto por una marea extranjera que acomodaba como podía sus petates y se movía de un lado a otro entre trenes y calles perdidas.

La Argentina es todo eso y mucho más. Una ciudad sin documentos, diría Calamaro. Un lugar que puedes hacer tuyo porque perteneces, porque quieres, porque dejas escapar lágrimas y risas, porque te explica y define.