Para qué negarlo a esta altura: la oposición ambientalista a la salmonicultura se convirtió ya en una caza de brujas contemporánea. Un “sentimiento”, una “sensación” colectiva que trata al sector como si fuera poco menos que una iniciativa criminal.

Las redes se han poblado de mentiras que la propia industria combate, principalmente, con más información difundida desde sus plataformas. Pero algunas acusaciones, a esta altura, merecerían ser examinadas mediante iniciativas legales y con el asesoramiento de estudios de abogados especializados.

No es nuevo. Ya lo vivió la energía nuclear, que incluso hoy es denostada por numerosas voces que poco conocen sobre sus verdaderos beneficios e imnpacto. No les importa. Les da igual. El enemigo está enfrente y no admite razones.

Durante años, científicos de algunas de las instituciones más prestigiosas del mundo han intentado explicar, con peras y manzanas, los motivos por los cuales la humanidad debería reconsiderar sus prejuicios contra la energía nuclear. Y en eso están todavía.

Veamos lo que ocurre en Alemania. En 2025, el canciller Friedrich Merz criticó la decisión de abandonar la energía nuclear. Sin embargo, aunque las centrales alemanas continúan apagadas, el país sigue importando electricidad de una red europea que incluye generación nuclear francesa, entre otras fuentes.

Actualmente, la producción nuclear está creciendo en el planeta. En 2025 alcanzó un récord histórico de 2.702 teravatios-hora (TWh), según el último informe de la Asociación Nuclear Mundial, publicado en septiembre de 2026. Representó alrededor del 9% de toda la electricidad generada en el mundo. Los principales productores son Estados Unidos, China y Francia. Justamente, tres de las mayores economías del planeta.

También les ocurrió a los transgénicos. En junio de 2016, más de 100 premios Nobel firmaron una carta abierta dirigida a Greenpeace para exigirle que reconsiderara su oposición a los cultivos genéticamente modificados. Los científicos destacaron que estas tecnologías podían contribuir a combatir problemas nutricionales graves, particularmente en países pobres. Una de sus principales preocupaciones mencionadas era el rechazo al “arroz dorado”, desarrollado para aportar un precursor de la vitamina A.

No obstante, la oposición continúa. El rechazo se expande. Las razones científicas parecen quedar subordinadas a posiciones ideológicas previamente establecidas.

Mientras tanto, la superficie mundial de cultivos transgénicos alcanzó en 2025 los 216 millones de hectáreas sembradas, un crecimiento del 2,5% respecto de 2024. ¿Por qué? Porque funciona, porque sirve, porque nos ayuda.

La salmonicultura lleva años investigando y resolviendo complejas ecuaciones operativas para disminuir su impacto en los espacios donde se desarrolla. La búsqueda de mejores prácticas es una realidad observable. Se advierte en el trabajo de sus técnicos y en las condiciones de las instalaciones donde funciona. Pontones impecables, según ha podido comprobar este cronista durante sus visitas a centros de cultivo.

Pero tampoco parece ser suficiente para convencer a las almas “convencidas”. No necesitan ojos para mirar. Miran con el “alma”.

Por eso, un grupo de chefs destacados, junto con organizaciones ambientalistas, promueve la campaña denominada Off the Table. Es decir, han decidido retirar el salmón de cultivo de sus cocinas y menús.

Para estos chefs, la salmonicultura representa un problema ambiental que exige medidas drásticas. Sus denuncias están acompañadas de una retórica que recuerda a la utilizada por las ONG más radicalizadas. En ese discurso, las mejoras tecnológicas y operativas de la industria parecen importar poco.

¿Quién está detrás de Off the table? Principalmente WildFish, una organización ambientalista británica que creó y ¿Quién se encuentra entre los financiadores de WildFish? Patagonia Inc, la marca de ropa cuyo propietario tiene un visión muy conocida en contra de la salmonicultura.

Las acusaciones generales continúan y se amplifican. Las mentiras se apilan unas sobre otras en las redes sociales. Se repiten en tono monocorde.

Y uno no puede más que preguntarse si todos esos chefs y militantes verdaderamente conocen lo que se hace dentro de la industria o lo que la salmonicultura ha significado para regiones como Magallanes y, específicamente, para Puerto Natales.

¿Conocen la expansión económica que produjo su llegada al sur y el crecimiento laboral que trajo aparejado? El impacto económico es una realidad palpable en una región que ha presentado históricamente bajos niveles relativos de pobreza y mejores remuneraciones que buena parte del país.

¿Ninguno de esos cocineros o militantes sospecha que sus campañas podrían terminar beneficiando a países competidores, empresas u organizaciones que también tienen sus propias agendas productivas para el sur de Chile y la Argentina?

Es una pregunta legítima. Otra cosa sería afirmar, sin pruebas, que existe una coordinación deliberada entre esas organizaciones y determinados intereses comerciales.

Actualmente, la salmonicultura utiliza modernas técnicas de prevención, contención y mantenimiento general, mediante robots submarinos, máquinas de limpieza, buzos profesionales y redes fabricadas con materiales especializados.

Al mismo tiempo, desarrolla sus operaciones en espacios naturales sujetos a exigencias regulatorias. En numerosos pontones, la higiene es una disciplina rigurosa y la conducta del personal está respaldada por su formación profesional.

Hace unos días, The Outlaw Ocean Project difundió, a través de distintos medios, una investigación que cuestiona el uso de harina de pescado para alimentar salmones de cultivo. Sin embargo, la reducción de los ingredientes marinos también forma parte de las prioridades tecnológicas de la industria desde hace décadas.

La proporción de harina de pescado en los alimentos disminuyó desde aproximadamente el 65% en 1990 hasta el 18% en formulaciones recientes, informó el Consejo del Salmón de Chile. El mismo organismo señala que alrededor del 60% de los ingredientes utilizados actualmente en la alimentación de salmones chilenos es de origen vegetal.

La reducción es considerable y aunque no significa que haya desaparecido la utilización de peces silvestres, demuestra que las formulaciones actuales son sustancialmente diferentes de las empleadas décadas atrás.

Lo propio para los antibióticos. EnMagallanes la salmonicultura utilizó apenas el 0,15% de los antibióticos registrados en los ciclos productivos cerrados en Chile durante 2025, según los datos de Sernapesca. ¿Sirven a la discusión estos números? Sirven si, en verdad, hay una discusión seria al respecto.

Son datos.

Como también lo es que la salmonicultura figura entre las actividades más fiscalizadas ambientalmente en Chile. Según SalmonChile, durante 2024 se realizaron 1.819 fiscalizaciones al sector, con un indicador de cumplimiento del 99,8%.

Son datos. No militancia irracional.