Escuché al pasar el otro día —y escuchar al pasar ya se ha convertido en una costumbre planetaria— que Chile tiene una profunda crisis de recursos humanos, que la mediocridad predomina en los sectores públicos, que la clase política es poco y nada lo que acompaña desde la trinchera y que la burocracia ya está consagrada como una herramienta antidesarrollo. O algo así, o muy parecido.

Me constan varios de estos ítems; los he vivido personalmente como profesional y emprendedor. Chile logra por un lado —con el capital privado— escalar cumbres comerciales haciendo negocios con todo el mundo, introduciendo productos en Oriente o en la mesa todavía tibia de un japonés; pero aún existen largas colas para atenderse en los hospitales públicos, todavía el sistema educativo es antiguo y necesita una urgente actualización, y aún la burocracia mata la inversión privada. Y sigue; hay mucho más en este noticiero.

Cuentan que los monjes budistas utilizan zapatos especiales con una plantilla elevada que minimiza las posibilidades de aplastar insectos al caminar. Esto ocurre por la ley del karma, porque matar un insecto también influye en cierto modo en esa extraña rueda de la fortuna. Lamentablemente, el progreso y el desarrollo económico hacia una distribución más justa —hacia un estado de situación donde las personas vivan mejor y con mayores oportunidades— sencillamente no avanzan bajo el imperativo de esa regla monacal.

En Vaca Muerta (Argentina), el segundo mayor yacimiento no convencional de recursos fósiles del planeta, hay una lagartija que podría estar siendo afectada por la actividad petrolera; en el Maule, una ranita teóricamente, presuntamente, iba a resultar impactada por una línea de transmisión eléctrica (inversión de USD 160 millones), de modo que, con la ayuda de un amigo como Leonardo DiCaprio, el proyecto se frenó.

Es raro, pero el universo progresista se queja, reclama y se rasga las vestiduras cuando se refiere a la intervención de la CIA en el Chile de los años 70 que derivó en el gobierno militar, pero no dice nada cuando una ONG, un actor de Hollywood (¿qué tendrá que ver DiCaprio con Chile?) o una marca de ropa que se adueñó del nombre entero de la región sur intervienen en esa misma soberanía para frustrar proyectos que podrían beneficiar a la población en general. En este caso, a las de Chile y la Argentina.

Hace más de una década que Chile cojea de su aparato público, de su institucionalidad ineficiente, de su rebuscada fórmula de realidad. Es como si se premiara a quien más impide y no a quien más hace.

En este tren, la población termina desconociendo que no pocos de sus beneficios públicos tienen una raíz privada. Los vuelos diarios y durante todo el año en Puerto Natales obedecen sobre todo a la actividad salmonicultora; el empleo constante y dinámico se relaciona con el sector marítimo, acuicultor y el turismo. En los años 80 y 90 Natales era pobre y los vehículos no abundaban; hoy hay exhibiciones de coches coreanos y japoneses en la Plaza de Armas. El empleo privado no presiona sobre las arcas públicas, las cuales reciben miles de millones en concepto de patentes y regulaciones que a su vez van a parar a sueldos municipales y a la propia operatoria municipal: un beneficio extraído del mundo privado.

¿Pero qué duda cabe de que el capital privado está ofreciendo posibilidades de crecimiento como nunca tuvo Magallanes? Es el impulso público el que mermó y con el tiempo ha terminado empantanado en sus propias discusiones procedimentales. Lo obvio no se hace. Lo obvio para crecer no se realiza, no se lleva a cabo, no se adelanta nada. Le resulta muy complejo a este sector que se financia con los impuestos de todos. La norma de la clase política es hablar, reunirse, tomar café y hacer poco y nada. Por supuesto, hay excepciones. Siempre las hay.

¿Qué es lo obvio en Magallanes y en Natales? Se necesita urgente un nuevo plan educacional que permita generar recurso humano calificado pensando en la salmonicultura, así como una mayor profundización y especialización en turismo y artes culinarias. Eso es ya.

Se necesita hacer algo con el viejo hospital para que reactive un sector clave de la ciudad, hoy convertido en un castillo fantasmal. Se necesita inversión pública que reactive, dinamice y al mismo tiempo embellezca la localidad para hacerla más atractiva, de modo que vivir en Natales sea una tentación compartida y alcancemos un mejor estilo de vida del que tenemos. Se necesita agilizar el proceso burocrático de la inversión privada en el propio municipio. Se necesita un centro de convenciones —y esta es una obviedad gigante—. Se necesita una política deportiva para apuntalar la salud de una población afectada por el sobrepeso y problemas psíquicos preocupante (el ejercicio salva vidas). Se necesitan más médicos, más operarios y mayor eficiencia operativa en el municipio, que arrastra un enorme déficit. Se necesitan fiestas populares como las que tiene El Calafate, a donde acuden miles de personas y que generan un importante flujo de dinero durante varios días. Se necesita una nueva clase política que no actúe desde el prejuicio, la revancha o el interés propio, sino en función del beneficio colectivo.

¿Sigo?