La pelota que rueda por las canchas de Estados Unidos lleva, esta vez, algo más que la competencia deportiva de un Mundial, esta versión trae la mancha evidente de una política que ha transformado el mayor espectáculo del fútbol en una expresión geopolítica y publicitaria. Lo que debía ser una celebración deportiva se ha convertido en una tarjeta roja a la igualdad y respeto entre los participantes, que era un principio elemental de la competencia.
La FIFA, organización que se presenta como guardiana del juego, ha permitido que el torneo sea usado como base y arma diplomática. Al parecer a la FIFA solo le interesa estadios llenos y contratos millonarios; mientras permite que, en este mundial, algunos países se libren del escrutinio mientras otros reciben castigos que rozan lo vejatorio. La decisión de llevar una Copa a un país que ha instrumentalizado sanciones y vetos deja en evidencia una doble moral que debilita la legitimidad misma de la cita mundial. Agrava la situación el anuncio de la FFA que confirma que el presidente de EE. UU., Donald Trump, participará en la ceremonia final y entregará el trofeo junto al presidente de la FIFA, Gianni Infantino.
Uno puede argumentar muchas razones para cuestionar el actual Mundial, pero, para mí, la más alarmante, es el trato dado a la delegación iraní y a quienes intentan participar sin ceder a las presiones políticas. Al equipo iraní se le han negado visas y se le han impuesto trabas administrativas, despotenciando su capacidad deportiva. Estas medidas no solo castigan a deportistas que viajan con la única intención de competir, también envía un mensaje brutal al resto de los paises, ya que el acceso se decide por conveniencia política e interés de mercado. Así, el futbol pierde su neutralidad por motivos extradeportivos, mientras la FIFA simplemente mira hacia otro lado. La FIFA no hace nada, y con su silencio lo valida.
La hipocresía es más profunda cuando observamos cómo se trata la guerra según quién la hace. Para la FIFA la guerra genera una curiosa indignación selectiva. Los actos bélicos y violaciones de derechos son castigados con dureza cuando quien las comete es un adversario no alineado, pero obviadas o minimizadas, cuando las responsabilidades recaen sobre aliados estratégicos. De esta forma la FIFA, al mantenerse indiferente a estas contradicciones o al justificar su silencio por la "apoliticidad" del deporte, se alinea con una tesis que favorece la impunidad de unos y la penalización de otros. Este proceder no es neutral y se convierte en una decisión que desprecia la universalidad del futbol. En lo práctico, ello se traduce en que Irán no tiene permitido concentrarse en EEUU y ha debido entrar y salir del país el mismo día que le toca jugar, lo que implica que en el partido que define su clasificación deberá recorrer casi 2 mil kilómetros sólo de ida, algo equivalente a la distancia de Punta Arenas a Concepción (más horas de control fronterizo), lo cual los pone claramente en desventaja.
No olvidemos el componente de marketing que se ha impuesto por sobre toda razón deportiva. Son los grandes patrocinadores y cadenas de televisión lo que están modelando el Mundial como un producto para vender. De ahí una pausa de 3 minutos con tandas comerciales. Mientras la FIFA ha demostrado más interés en proteger los ingresos que en garantizar la expresión deportiva. La promoción de la imagen, los anuncios y el “producto” se impone por sobre los principios que dicen defender. Así llegaremos a 64 equipos. ¿Es creíble una institución que acepta que el dinero dicte las reglas de la competencia?
En la FIFA recae la capacidad normativa para exigir estándares claros e igualitarios a los organizadores de turno del Mundial. El libre tránsito de los participantes, el trato digno a todas las delegaciones y la transparencia deben garantizarse frente a decisiones que mezclan política y deporte. Si FIFA decide no usar ese poder, se convierte en responsable de la instrumentalización que hoy estamos presenciando. La organización debe recordar que el fútbol es, o debería ser, una instancia donde se excluyen los conflictos y donde el árbitro, en su imparcialidad, hace respetar las reglas. Permitir que sucesos externos condicionen el interior de la cancha es renunciar a esa aspiración, y condena a los futbolistas a jugar con la pelota manchada.
La pelota sigue rodando, pero las manchas no se borrarán con los goles. La FIFA debe poner la justa competencia por sobre los balances comerciales y las presiones geopolíticas, sino cada Mundial seguirá siendo una disputa donde podrían no competir los mejores en igualdad de condiciones. Mientras tanto, los jugadores (que deberían ser los principales protagonistas) seguirán pagando el costo de decisiones que no eligieron ni merecen (sobreexplotación, por ejemplo).