La economía chilena atraviesa una encrucijada crítica a nivel nacional, pero si dirigimos la mirada hacia el extremo sur, el panorama requiere una alerta inmediata. La Región de Magallanes está pasando por uno de sus momentos más delicados de los últimos años tras confirmarse que ha entrado en recesión, arrastrada por una dura caída del 1,9% en su Producto Interno Bruto (PIB) durante el segundo trimestre. Esta contracción económica no es un simple número en una planilla, sino un golpe directo que ya se refleja en la calidad del empleo y la vida de sus habitantes.
El espejismo del empleo local frente a la recesión económica
A primera vista, al observar el trimestre móvil junio-agosto, la tasa de desocupación en Magallanes se ubicó en un 6,9%. Si contrastamos esta cifra con el desolador desempleo del 9,6% que azota a nivel nacional, la realidad regional podría parecer controlada. Sin embargo, es un espejismo que oculta una precarización alarmante.
A medida que la economía magallánica se contrae, asfixiada por factores como la alta cotización del dólar, el costo de los fletes marítimos y el precio de los combustibles en una zona de alta dependencia logística, el empleo formal desaparece. La prueba más clara es que la tasa de ocupación informal en Magallanes saltó al 20,9%, anotando un alza de 2,1 puntos porcentuales en doce meses. De hecho, el incremento de las personas ocupadas en la zona se sostuvo única y exclusivamente gracias al sector de los trabajadores por cuenta propia, quienes experimentaron un explosivo aumento del 37,0%. Las personas en la región no están encontrando trabajos estables; están inventando medios para subsistir frente a la recesión.
Una crisis nacional que alimenta la vulnerabilidad
Lo que ocurre en Magallanes refleja, con matices territoriales, el profundo deterioro del mercado laboral chileno. A nivel país, las cifras del INE mostraron que la economía perdió 81.352 puestos de trabajo en un año, marcando la caída más pronunciada del empleo desde inicios de 2021. Hoy, el país contabiliza 989.400 personas desocupadas, un potente salto interanual del 13% que nos deja coqueteando peligrosamente con la barrera del millón de cesantes.
La matriz productiva nacional muestra signos de agotamiento, liderando las caídas de empleo sectores vitales como la industria manufacturera (-7,6%) e información y comunicaciones (-16,8%). En consecuencia, a nivel nacional, la destrucción de plazas para personas asalariadas formales (-2,9%) empuja a la fuerza laboral a refugiarse en el trabajo por cuenta propia y el servicio doméstico.
Este flagelo tiene, además, un rostro femenino muy marcado. Mientras que en Magallanes la desocupación de las mujeres subió al 7,9%, a nivel país la tasa femenina se encuentra estancada por sobre los dos dígitos, marcando un 10,3%.
Urgencia de políticas descentralizadas
Frente a esta coyuntura, el gobierno ha intentado reaccionar anunciando el plan laboral Chile Despega, cuyo objetivo es movilizar recursos millonarios para generar más de 100 mil empleos de aquí a marzo de 2027. No obstante, los subsidios transitorios o metas centralizadas no resuelven el daño estructural de regiones extremas.
Magallanes no solo necesita planes pro-empleo de cobertura nacional; requiere con urgencia políticas de alivio para sus presiones logísticas y productivas que hoy la mantienen en recesión. Mientras la atención se centre únicamente en celebrar un desempleo porcentualmente más bajo que el promedio nacional, omitiendo la caída del PIB y el salto innegable de la informalidad, seguiremos maquillando con autoempleo precario lo que en realidad es una severa crisis estructural.
